Todavía estamos a tiempo de volver a la naturaleza.

Los salvajes eran los españoles

Antes de la llegada de los españoles, el extremo sur de la península de Baja California estaba habitada por la tribu pericúe Se calcula que, en el año 1726, su población rondaba los 2000 individuos, para 1790, habían desaparecido como comunidad y toda su cultura, su historia e incluso su lengua se desvanecieron. Y fueron sucumbiendo victimas principalmente de las enfermedades traídas por los europeos, como sífilis, viruela, tuberculosis y otras igual de terribles. En menos de un siglo, su número se fue reduciendo hasta desaparecer.

Estos primitivos habitantes, llamaban Yenecamú, a lo que hoy conocemos como Cabo San Lucas y Añuiti a San José del Cabo. De acuerdo con lo que afirma el reconocido historiador Miguel León Portilla.

El maestro José Manuel Villalpando, en su libro, “Conversaciones sobre historia de Los Cabos, B.C.S.” nos da fe del testimonio de algunos misioneros jesuitas y otros viajeros que tuvieron oportunidad de conocer este grupo étnico y que lo describieron con cierto detalle en sus anotaciones de viaje.

Los pericues no practicaban la agricultura, vivían de la caza, la pesca, la recolección de frutas y de todo lo que bondadosamente les ofrecía la madre naturaleza. A pesar de la aridez de la península, siempre había agua y alimentos suficientes para todos. Eran ellos, una comunidad muy bien integrada, sus principales problemas los tenían con los guaycuras, con quienes guerreaban con frecuencia, los que estaban asentados más al norte, en Airapí, a la que se le llama hoy, La Paz.  De ahí en fuera, la vida por estos lugares, en aquellos tiempos era paradisiaca, buen clima, abundante comida, muchas cosas interesantes en que mantenerse ocupado, en fin, nada que ver con las tribulaciones de la vida que hoy tenemos en estas mismas tierras 260 años después.

Contrario a lo que se cree, los pericues eran bastante organizados, cada varón, solía tener varias esposas y ellos  no debían de preocuparse de la manutención de sus mujeres  y los hijos, pues les correspondía a las féminas la tarea de proveer los alimentos y era cosa común y corriente, que entre las esposas compitiesen entre sí, por traerle al marido, los mejores frutos, los manjares más apetitosos y se esmeraban en ser siempre gratas a los ojos del amado semental.

Los hombres iban totalmente desnudos, con el cabello largo, adornado con perlas, plumas y conchas, las mujeres, las más pudorosas, vestían una túnica, que les cubría desde los hombros, hasta las rodillas, elaboradas con lazos tejidos y hojas, otras, andaban con el torso desnudo y usaban una falda larga.

Como estos señores no tenían la preocupación de buscar el sustento, eran muy ingeniosos para inventar variadas formas de divertirse y así, llevaban una vida plena y apacible.  Imaginen ustedes que dichosos habrán sido estos “salvajes” en aquella época, antes de que conocieran la “civilización”.

 Era una sociedad de nómadas que emigraba por toda la región según las estaciones del año y los hábitos de los animales que cazaban, por lo tanto, no tenían residencias permanentes y vivían el día a día, sin mayores complicaciones.

Tampoco padecían de enfermedades y eran bastante sanos y fuertes, su alimentación era variada e incluía, aves, pescados, tortugas marinas y otros animales de tierra, especialmente venados.

Toda esta armonía se rompió con la llegada de los misioneros jesuitas quienes les impusieron a los pericues, la obligación de tener solo una esposa, la cual ya no era responsable de procurar el alimento, sino que debería hacerse cargo de la cocina, el cuidado de los hijos y la limpieza del hogar, en tanto el hombre acudía a labrar la tierra y cargar con todas las preocupaciones propias de esa terrible forma de vida impuesta por los invasores españoles. La antigua y apacible forma de vida, fue interrumpida de forma súbita y brutal y sustituida por la opresiva organización social, cultural y religiosa de los conquistadores de la otra península, la Ibérica.

Ahora que está de moda rescatar viejas tradiciones yo creo que sería bueno imitar a los sabios pericues. Eso de tener tres o cuatro esposas, tal vez no suene tan descabellado, sobre todo si son ellas las responsables de salir a buscar el pan diario y están constantemente buscando la forma de congraciarse con el “rey del hogar”, en tanto los hombres de la “tribu”, nos damos a la tarea de deambular por ahí, desprovistos de toda prenda de vestir, como se acostumbraba antaño, inventando cosas para mantenerse entretenidos Y en lo de traer el pelo largo, los que todavía tengan, pues no le veo mucho inconveniente, siempre y cuando anden bien peinados y con sus respectivos adornos.

Todavía estamos a tiempo de volver a la naturaleza, solo será cuestión de organizarnos un poco, pero estoy seguro de que muchos estarán felices con vivir como pericues, aquí, en Añuiti y Yenecamú.

¿Qué les parece, amigos, lo intentamos?

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