Así dice el refrán y dice bien.

Al que mata a un perro, lo llaman mata perros

Esto mero le ha pasado al embajador de México en Argentina, Oscar Ricardo Valero Recio Becerra de 76 años, que es un diplomático de carrera, quien ha pasado por varias administraciones. Estuvo en cargos diplomáticos con el priista Miguel de La Madrid en 1983 y después con el panista Vicente Fox, cuando fue embajador de México en Chile del 2001 al 2004.

La truculenta historia de este representante de México, ocurrió el 26 de octubre, de este año, cuando tuvo la mala suerte de ser sorprendido llevándose la biografía de Giacomo Casanova, escrita por Guy Chaussinand- Nogarrete, de la librería El Ateneo, en Buenos Aires, Argentina. A este santo varón, lo siguieron hasta la calle los vigilantes de la librería, cuando hizo sonar las alarmas de seguridad y al revisarlo le encontraron el mentado libro, sin el comprobante de pago. Total, que los empleados del establecimiento lo retuvieron y llamaron a la policía, la que no daba crédito de lo que estaban escuchando cuando el acusado, se identificó como embajador mexicano.

¿Y luego por qué tenemos tan mala fama los mexicanos?

El caso es para dar pena ajena, y más al ver como se lanza la jauría de los dos bandos reconocidos, los conservadores y los liberales, unos a defender al tránsfuga, los del partido marrón y otros a lincharlo por tan pequeña cosa, los prianistas. Que, a decir de los liberales, estos han robado mucho más que un libro. Cosa por demás verdadera.

¿Pero, quién en esta vida no ha hurtado un libro, alguna vez?

 Hasta el Presidente de la República quiso aparecer como culpable de algo similar, pero sin serlo, tratando con esto de aligerar la carga contra su vapuleado embajador, mejor conocido desde ahora entre la diplomacia internacional, como el roba libros.

Al parecer desde Palacio Nacional, están tratando de minimizar el vergonzoso hecho, acusando a los que lo pretenden magnificar, de querer arruinar el buen nombre, la reputación y la alta valía, del caído en desgracia. Por algo tan insignificante como un mugroso libro de quinientos treinta y ocho pesos.

Y ya metidos en confidencias yo debo reconocer que nunca me he robado un libro, faltaba más. Pero también he de aceptar que si me he llevado algo sin pagarlo.

Pero lo mío se puede catalogar hasta como un acto de amor, incluso como una caridad, más que una falta o un delito. Pues se dio el caso, que habiendo conocido  en una ocasión a una muy agraciada joven, cuando yo también lo era, que  ambos convenimos en intercambiar más que palabras y caricias y decidimos acudir a uno de esos hotelitos muy propios para los amores furtivos, y ocurrió que estando yo corto de fondos, me alcanzaba  solo para pagar el alquiler de la habitación, así que no tuve más remedio que entrar a un supermercado y tomar un paquete de condones, y salir con ellos sin pagarlos. Lo demás que sucedió, seria ocioso de contárselos, y baste con que sepan ustedes, que hasta el día de hoy no puedo arrepentirme de lo que hice.

Otro hubiera sido el desenlace si me pillan sustrayendo el artículo referido y pior, si hubiera quedado grabado en video. –  Como le ha acontecido a nuestro desdichado nuncio.

Y por más que salga ya saben quién, en su defensa y lo pretenda sostener en el cargo; ¿con qué cara el pobre hombre podrá asistir a las ceremonias oficiales? Y sobre todo con lo chismosos e intrigosos que son en esas esferas lo van a querer revisar a la salida de las cenas diplomáticas, para ver si no se carga con los cubiertos de plata.

Y el que esté libre de toda culpa que tire el primer libro, o en su defecto un paquete de condones.

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