Si hoy arrancara la carrera gubernamental.

¿ Y si?

Si hoy arrancara la carrera gubernamental, en primer lugar en el carril azul: Isidro Jordán. Después Pancho Pelayo. Y tercero Alvaro de la Peña. Acompletando la quinteta: Guadalupe Saldaña. Y refuerzos: Don Genaro Ruiz. Y Luis Araiza.
En carril Moreno: Víctor Manuel Castro Cosío. Al par, Rubén Muñoz…En Comondú mis paisanos lloran lágrimas de sangre. El desgobierno del edil y sus compinches es el peor martirio. Y dice la conseja que la fatalidad trae el remedio; Enrique Ríos. ¿ Hay otro?…Sarahí Verdugo Logan. Anote amigo lector este nombre. Hágalo con pluma para que no se borre. Es una jovencita muy preparada, inteligente. Y capaz. Es una mujercita que puede enriquecer la próxima legislatura. Si clamamos caras nuevas, limpias y serviciales en órganos de gobierno. Y parlamentarios ahí tenemos un valor. Basta ya de caras viejas. Y mentes enfermas, que solo llegan a pegarle al “ Robertón”. A levantar la mano. Y perder el tiempo. Enemigos del pueblo pues…Un hombre diferente. Así fue Angel César Mendoza Arámburo. Ayer me acordé de este hombre que colocó los cimientos pétreos de un estado moderno. Y llegaron a mi memoria los oficios políticos de excelencia. Y sensibilidad. Y creo verlo una mañana de gira de trabajo por el Pacifico sur cercano a Todos Santos. Y supervisaba la construcción del camino. Obra de vital importancia para la región. En un paraje precioso frente al mar, ese hermoso mar, pidió a Pepe Hernández, su amigo y chofer, parara esa Suburban de color crema. Baja y se dirige al vehículo de la prensa. Y dice ¿cómo van? ¿ Desayunaron? ¿ como se sienten? Y remata. Vamos a tomarnos aquí, una cerveza, bien fría. Su expresión fue orden. Ipso facto, llega un asistente con hielera repleta de ambarinas. Toma una. La destapa. Alguien de sus acompañantes le replica. “Es muy temprano licenciado. “ Y le responde “En China ya es tarde, salud”. Al rato sigue esa procesión por ese camino, el mismo que ayer recorrí en compañía de mi familia. En cada kilómetro. Y en especial en esa lomita creí ver al amigo. Y sentir en mi garganta, ese sabor.

Zarco

Después de la licencia que se les dio, creo que para matarlos de diferentes formas, los Dorados de Pancho Villa se desparraman por todos lados. Unos se murieron de nostalgia. Otros con balas, unos más se perdieron, en esos callejones del olvido. Y a su querido general también lo mataron. En la Toba, es decir mi Paris, de sueños, tuvimos un Dorado. su nombre; Jesús Verdugo Zazueta pero le llamamos El Zarco, perdónenme por favor. Pero tengo más que viva su imagen. Un hombre flaco, moreno, muy alto. Traía su uniforme color caqui, un pistolón. Carrilleras. Y un sombrero ancho. Su caballo hermoso de color café. Era todo un espectáculo verlo. Y un placer platicar con el. Vivía allá por el lado de la Secundaria. La ETA 184, Y ‪a las nueve en punto iniciaba su recorrido a lomo de caballo. Su silueta de revolucionario levantaba saludos de los tobeños. Por la tarde antes de la siesta se reunía en alguna cantina y ahí se le escuchaba anécdotas vividas por el Centauro y ellos. El final de las charlas concluían cuando el viejo Capitán empezaba a llorar.
Yo lo vi muchas veces. Siempre me saludaba con cariño. Al tiempo desapareció. Hoy me entere que sus restos están descansando en el Pueblo Nuevo Costa Rica Sinaloa. En insurgentes queda su hijo Eulogio Verdugo Sagaste y conserva su lote agrícola en la colonia Palos Altos, Valle de Santo Domingo.

Vidas Paralelas

Y continuando con el Zarco.
Sobre su vida nos habla Silverio Trujillo. Don Jesús Verdugo El Zarco originario de Imala Sinaloa, ostentaba el grado de Coronel y que por algunas razones al término de la revolución le fue cambiado y reconocido otro grado militar. «El Zarco» paraba en la tienda «La Quemazón» y bajo una enramada de carrizo se reunía con don Jesús García (qepd), propietario de la tienda y otros vecinos como don Eleuterio Vega (agricultor y comerciante) y mi padre don Jesús Trujillo (albañil y contratista) -ambos finados- y sobre una mesa de lámina jugaban dominó, charlaban y disfrutaban de las ambarinas de la época por largas horas. Su esposa doña Virginia, siempre muy animosa y conversadora  lo esperaba en mi casa compartiendo el café de talega y los alimentos que mi madre -doña Emma- le ofrecía. Sí, su imagen impresionante, con ojos de diferente color (azul claro-zarco) , su piel más bien clara -como lo recuerdo- su pistolón, su vestimenta en tela de algodón color caqui, sus botines sinaloenses, su cigarro que fumaba hasta la bacha y el trato siempre respetuoso que dispensaba a quien fuera, hacían su presencia siempre notable. De niño -curioso por cierto- lo conocí muy de cerca y hasta visitamos su rancho en reuniones familiares, pero los domingos eran especiales porque los rancheros venían al pueblo con sus familias, iban a misa y a la tienda para surtirse de víveres. Yo estos encuentros los viví muy feliz, los disfrutaba sobremanera». Hasta aquí el testimonio de Silverio.
Y ahora solo en la imaginación de todos los que le conocimos nos queda ese cos, cos, que salían de las patas de su caballo y el vaivén de esa sombra que con la frente en alto cruzaba la calle ancha. Del Yin a la Quemazón y viceversa. Y con esto nos despedimos. No olviden: hagan el bien. Y sean felices.

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