Tras los discursos debe darse ya una revisión profunda a nuestra Carta Magna.

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Tras los discursos debe darse ya una revisión profunda a nuestra Carta Magna. Me agrada recordar con veneración y con nostalgia el aniversario de la promulgación de nuestra Carta Magna. Y cada año una vez más admito que los Constituyentes nos dieron un excelente documento, que por su grandeza no se hace viejo, sigue vigente. Estos sentimientos los llevo arraigados por un toque personal: estuve como muchos sudcalifornianos presente en las consultas de esos hombres y mujer en la conformación del articulado. Y de lo que dijimos ahí se tomó en cuenta. Esto siento, cada año y como ayer me agrada. Y sin menospreciar la vigencia de nuestra Constitución creo que ha llegado el momento de hacer un alto en el camino y reflexionar si los postulados de la misma se han cumplido. ¿Es el rumbo el adecuado que se lleva? ¿Se han atendido los problemas básicos? ¿La expresión libre se ha respetado en todos los sectores? ¿La educación pública es la que delinearon los constituyentes? Y una larguísima lista de interrogantes que son justas y necesarias. No me caso con la idea que hace años brotó en un aniversario como ayer donde se pidió una nueva Constitución. Mejor voltear hacia la que tenemos y escudriñar que hemos cumplido y que no. Estoy cierto y debo de reconocer qué hay avances importantes. De aquellos años inciertos donde carecíamos de todo. De comunidades abandonadas, sin hospitales, sin pavimentar, sin energía eléctrica, sin planteles educativos. Hoy la faz de esos centros es diferente. Pero ante esto también hay pendientes que no debemos de esconder bajo la cama. Y es el tema del agua. La seguridad. La plantación urbana, la movilidad. Y algo muy importante. La convivencia democrática. Ya es hora de que mejoremos los esquemas para que tanto las mayorías como las minorías tengan sus voces bien abiertas en todos los foros. Y lo que no debe soslayarse es la impunidad de la que se abrazan los seudo servidores públicos que llegan al cargo y se convierten en vividores. Y se van ricachones y hasta con el descaro de intentar repetir. Ya no merece esto mi pueblo. Y sobre esto se debe de trabajar. Ahí está el libro, falta la acción. Por esto saludo a la maestra María Luisa Salcedo, Eligio Soto López y al maestro Armando Trasviña Taylor. Diputados eternos.

Milagros

Un vozarrón y unas manos milagrosas. Eran la distinción de María del Refugio Castro Fabela. Más conocida por todos como doña Cuquita.

Ella ya murió. En marzo del año pasado a sus 79 años de edad.

Fue dona Cuquita la doctora de los pobres. Sus manos milagrosas y sus virtudes para curar con yerbas salvaron miles de vidas en BCS. Y trajo al mundo en partos a cientos. Por esto último también se le conoce como La Abuelita.

A mí me salvo la vida varias veces. La primera, a los cinco años recién traído de Durango. Me piqué el pie con una espina de datilera. Se me infectó. Fiebre. Escalofríos. Miedos. Y no había médicos al alcance. Pero doña Cuquita sí. Frente al pie afectado me soltó el primer grito de muchísimos que le escucharía «Chuyiiitoooo. Te está llevando la tiznada. Pero yo te voy a curar». Y aquí estoy todavía.

Era guapa. Chaparrita. Ojos grandes. Muy simpática. Y un.poquito de misterio. Yo la quiero mucho. Por muchas cosas. Una de ellas porque fue como hermana de mi madre.

Y por otra que nunca olvidaré. Me pedía prestado a mamá para que cuidara de noche a sus hijas. Todas muy hermosas e imagínense.

Doña Cuquita viajaba a todo el estado. Y en especial a las zonas serranas. Allá salvaba vidas.

Un programa presidencial la incluyó en capacitación para parteras. Le dieron más capacitación en cuestiones médicas. Y las ejerció a plenitud. Murió en marzo del 2013. No fui a despedirla como quería porque no supe hasta hace días que fui a buscarla.

La casa vacía. Ya no estaba aquella mujer que naciera en un pueblito de Durango llamado Las Julias.

Ya no estaba  Ahora vive en mi memoria.

Chuuuuuuuuyyyyiiitoooooo.

Aquí estoy.

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