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Equidad

No concibo la democracia sin equidad

No concibo la democracia sin equidad. Sin ella no es tal. Por eso veo muy injusta la obligación que sujeta a los ciudadanos que buscan el camino de las candidaturas independientes, a conseguir firmas. No sé si usted amigo lector piense igual que yo, de que esto es injusto, inequitativo y un gran freno a esos anhelos de independencia de muchos. Fíjese que para aspirar a la presidencia de la República se deben de entregar 866 mil 593  firmas y 10 mil 293 para Senador en el caso concreto para la entidad. Y para diputado federal el dos por ciento de la lista nominal del distrito por el que se quiera postular. Este vasto número de firmas a recolectar es para las alcaldías. No es justo este sometimiento al aspirante y más en esta entidad donde históricamente la obtención del cargo se hace con cantidades muy reducidas de votos. Esa exigencia es para quien anhela una especie de prueba que sin duda al superarla ya contendrá con un respaldo moral muy importante. Pero aunque así sea, creo que a futuro el Instituto Nacional Electoral debe recibir otra sacudida una más de tantas que ha padecido desde su conformación para que las elecciones sean ejercicio supremo de equidad. Y lo primero debe ser el modificar ese engorroso punto de la recolección de firmas. Una condición que contrasta con la benigna protección a los partidos y candidatos que muy cómodamente se sirven con la cuchara grande proponiendo y encumbrando a candidatos las que muchas veces no satisfacen las aspiraciones ciudadanas. A esperar.

Ojos

Odio volar. No me gusta. Siento que me muero cuando el avión cruza los cielos azules y las nubes regordetas; cúmulos y nimbus. Pero mi destino está marcado, tengo que volar. Soy Juan Fernández Horcasitas ingeniero civil. Hoy, este cabalístico viernes trece salí de Huatulco hacia el DF. Laboro en Pavimentos del Centro. Mis jefes me llamaron a que rinda cuentas de la obra que estamos haciendo en el aeropuerto. Voy de mala gana. Me repatea subir al avión. Pero hay voy. Pero parece que este sacrificio tiene su recompensa. Me siento en clase premier. ¡El trece, otra vez ! ¡Maldita suerte! Y desde mi asiento ubico un tesoro vivo. Una azafata hermosísima. Blanca como la nieve, cuerpo escultural. Y sus ojos. Esos ojos  color jade. La sonrisa más sensual. Me mira y parece que me electriza. Hola, le digo sin voz, solo con el movimiento de labios. Hola, me contesta. Me engancho en esa espiral de fantasías. Me gusta este momento.

El tiempo corre y el avión despega. Mis miedos empiezan a laborar. Escucho ruidos, son tronidos. Creo que algo falla, abajo en los fuselajes. Pero no, es la imaginación.

A los quince minutos otra vez la veo. Ahí está otra vez esa mujer con esos ojos de sueños. Me extiende el menú para el almuerzo. – Ordene, caballero. ¿Qué desea?  A usted, quisiera decirle. Pero no puedo. La prudencia recorre el seguro del respeto.

– Quiero primero que me diga su nombre. Y después me sirve un filete de salmón, a las hierbas santas.

Me llamo, Okeido Amaranto, y con gusto le traigo lo que pidió, pero -disculpe, ¿para qué quiso saber mi nombre?

– Porque no puedo enamorarme de desconocidas. Le solté de una vez, la intención.

Sentí que se emocionó como yo. De su rostro angelical observé un ligero rubor – ja ja dijo y mostró sus bellos dientes, amarfilados. Y antes de irse me dice: Hace bien. El amor no nace entre desconocidos.

Después regresa con mi plato, y una copa de vino rosado. Por el sabor creo que es de casa Madero cosecha del 79.

Me vale si es o no es. Yo solo tengo ojos para esa mujer de ojos divinos. Y voz de artista de telenovela.

Disfruto mi salmón y vino. Y la tranquilidad del viaje me da confianza. Hasta disfruto. Los miedos han quedado atrás. Me relajo. Estiro los pies. Siento que este día trece no es para mí de mala suerte.

De pronto siento ruidos en la cabina. Un ruido débil, de un altoparlante se escuchan chillidos.  Y también como que hay forcejeos. Otra vez ruidos y se clarifica una voz – – -señores pasajeros, les habla el capitán Osorno Collado. Les pido calma. Y cooperación. Estamos atravesando por un momento difícil en la nave. No es de alarmarse. El sistema hidráulico ha sufrido un desperfecto. Hacemos todo lo necesario para mantener  el avión en vuelo. Abróchense sus cinturones. Y no se preocupen todo está bajo control.

Ay mamita linda ¿qué pasa? Ya sabía que tanta belleza no puede llegar de golpe. No terminaba de decir eso, cuando el avión da un bajón de golpe. Y otro más. Y otro. Y los pasajeros empiezan a gritar. Los niños lloran. Un viejecito al lado mío se desmaya. El avión ya está sin control. Da vueltas. El pánico se apodera de todos. Truenan cosas.  Y el cielo se pierde y el suelo cada vez más cerca.  Y la caída. El avión se desliza por un maizal. Y el golpe en seco “puf”. Me morí.  Eso creía, pero no. Ahí estaba vivo en una acequia. Enfrente de mí estaba el avión. Bueno lo que quedaba de él. Y adentro cuerpos mutilados. Niños colgando de láminas multicolores. Bolsas para agarrar airé desamarradas. Y ese olor a muerte se introdujeron en mi cuerpo.

Vidas Paralelas 

Un espeso humo negro se deslizaba por ese entorno dantesco. Nadie más había sobrevivido. Ni la azafata con ojos color de jade. Ella estaba tirada en el pastizal. Sus ojos se habían cerrado. Quiero morirme. No merezco este destino.- Señor, señor, señor. Despierte por favor y tenga esta servilleta, límpiese se le cayó el salmón. Y la copa de vino. Se durmió desde que le serví. ¡Maldita suerte!. Este día no es el mío… Espero que les haya gustado el relato. Y con esto nos despedimos. No olviden: hagan el bien. Y sean felices.


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