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Clase

Ayer formalizó su candidatura a la alcaldía de La Paz el empresario José Hevia Aguiar

Ayer formalizó su candidatura a la alcaldía de La Paz el empresario José Hevia Aguiar. Pepe, como le conocemos, dio un paso más a lo que es ya el principal propósito: dirigir la  comuna. Para lograrlo trae propuestas inteligentes y viables. Le apoya un ejército ciudadano que le conoce y sabe de sus alcances. Y le refuerza su charisma y el trato humano que le dispensa a todos. Con este registro el proceso electoral se nutre con un candidato de clase. Esperaremos de Hevia el mensaje concertador, propositivo, directo que llegará al ciudadano de manera directa, sin intermediarios. En este esfuerzo de un ciudadano paceño yo le reconozco a Pepe Hevia la certeza. Lo que promete lo cumple. Y hace días en una charla que sostuvimos con él, nos desplegó de manera amplia sus acciones para La Paz. En lo fundamental está el acercar la gente al gobierno. Una atención de privilegio. Otro tema el de la transparencia. El de utilizar recursos para hacer más. También darle el valor al Cabildo. Un co-gobierno que responda a los retos que enfrenta la comuna. Más opiniones con argumentos sólidos, para tomar las mejores decisiones. Y lo vital el cuidado al extremo de que los servicios básicos del Ayuntamiento no desmerezcan. Un plan concreto que ofertará en los próximos días cuando arranque la campaña. Lateral a esto le ayuda a Hevia el manejo magistral de los medios. Hasta hoy es el único de los candidatos que ha tenido la voluntad de convocar a encuentros en donde se expresan sus ideas y escucha a la vez el sentir de los periodistas, los cuales también votan y hacen opinión.

Foto

Toda la noche esperó a su esposo Julián. De pie y recargada en la desvencijada puerta de la choza, oteaba la oscuridad. Nada.

Es Micaela Chávez. Dos años casada con Julián. Un martirio vivo, punzante. Sufrible.Un hombre alcohólico. Y en su cabeza el coro aconsejador de su madre. “No te cases. Es un borrachales. Te matará de hambre”.

Y esa profecía se escuchaba ya en el ruido de sus tripas. Gruñían de hambre. Nada. Nada. El sol, empezó a picarle los ojos. Nada, Julián no llegaba.

Es 1980 en Ciudad Esperanza. Un pueblo pobre, con gente jodida. Calles de muerte, de fétidos olores y piedras filosas. Un cerro, el de la misericordia. Calles sin finales.  Sin salidas.Y en los hogares hacinamientos, promiscuidad.

Y Micaela parada. Sus caderas rozaban la puerta. Sus guaraches “patas de gallo” enterradas en un polvo suelto, de caliche. Sus piernas acalambradas, dolían.,Aguijoneaban.

Y por fin. Ya con el sol alto, apareció Julián. Camisa desabrochada. La cámara Polaroid instantánea enredada en el pescuezo. Pantalones, sin fajar. Orinado. En su mano izquierda apretaba un pajarito de tela, lo mostraba a los niños cuando tomaba la foto.

Julián- mira a que horas llegas. Me preocupé. Pensé que te había pasado algo. Tengo hambre Julián. No como desde ayer.

!Cállate, vieja jija de la chin. Qué comer ni qué comer. Aguántese como las machas! No traigo dinero. Todo me lo gasté. Mañana comes. Ahora déjame entrar. Traigo sueño. !Quítate mucho a la  chin.!

– Julián. No puedo ya. Tengo hambre. La pobre de Micaela imploraba. Julián, ya no la escuchaba. Un sueño fantasmal lo había poseido y se lo llevo muy lejos de esa realidad cotidiana.

Micaela le quitó los viejos tenis. Y lo que en un tiempo fueron calcetines. Y se le quedó mirando. Era el cuerpo inerte del hombre que hacía dos años la había enamorado.

En setecientos días Julián había engordado cuarenta kilos. Ganado una adicción. Y a punto de matarla de hambre.

Después revisó la cámara. Quedaban tres placas. Lavó con jabón y estropajos el pajarito de tela. Se bañó. Escogió lo más vestible posible. Pintó chapetes en sus traqueteados cachetes. Coloreó sus labios. Y se tomó dos fotos. Una la guardó en el estuche de la cámara y la otra la aventó al camastro donde entre sopores y ronquidos grotescos, Julián dormía.

Sale de la casucha. Deja atrás una estela de miedos, de tristezas, de arrepentimientos. Pero sobre todo de hambre.

Después de una tortuosa caminata llegó al centro de la ciudad. Frente al almacén fotográfico donde venden placas Polaroid, se detiene. Y toma la última foto.

Entra y busca al dueño. Y le dice: mire su tienda, qué bonita se ve de afuera. La foto es suya. Se la regalo. ¿Cómo? Si. Es suya, tómela.

Ese detalle agrada al hombre. Y reacciona. Acépteme de obsequio unas placas para su camarita, ándele.

Ya equipada, empieza a trabajar. Diez pesos la foto. La frase “solo una foto, por favor”.

Seis de la tarde, empuñando ciento veinte pesos ganados ese día, Micaela, retorna al hogar.

Antes, en el Pollito desplumado compra dos órdenes. Y dos cocas.

Va con su bastimento de fe, al hogar. Un jacal sombrío. Puerta entreabierta. Al cruzar el umbral, siente un dolor agudo en el vientre. Es un verduguillo que le clava Julián. “Puta y ladrona”.

Ruedan los pedazos de pollo seguidos de dos refrescos. Y sobrevolándolos una foto instantánea de Micaela.

Ella agonizaba:  Expresó con dificultad. Te perdono, Julián, “solo tenía hambre”.

Luis Spota decía y con razón: más cornadas da el hambre.

Vidas Paralelas 

Justo y emotivo homenaje que se le hizo al compañero periodista Max Rodríguez Palacio. Este fue en el panteón Jardines del recuerdo. Se recordó su vida valiosa en el periodismo. Un recuerdo al amigo ausente… La salida de priistas inconformes por la dirigencia y los grupos perniciosos que tienen secuestrado al PRI merece el cese de la actual presidenta. Mínimo… Y con esto nos despedimos. No olviden: hagan el bien y sean felices.


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