Sin duda que un curso sobre técnicas parlamentarias no caería mal a los integrantes de la legislatura actual

Becas

El programa de becas para estudiantes con discapacidad puesto en marcha por la actual administración beneficia a más de 2 mil personas de los cinco municipios de la entidad, “porque en Baja California Sur llevamos a cabo acciones incluyentes en las que buscamos que todos y todas tengamos las mismas oportunidades de preparación y de desarrollo”, señaló el gobernador Carlos Mendoza Davis durante gira de trabajo por el municipio de Mulegé.

Se trata de una muestra del interés que tiene el Gobierno del Estado por atender a este importante sector de la población “que lucha por ser parte activa en el esfuerzo para alcanzar el mejor futuro que queremos todos los sudcalifornianos”, agregó el Mandatario estatal.

Acompañado por la alcaldesa Cecilia López González y por el secretario de Educación Héctor Jiménez Márquez, en las instalaciones del Centro de Atención Múltiple número 15, el Ejecutivo estatal hizo entrega de 251 apoyos, cuya finalidad es ayudar a niños y niñas con discapacidad que están estudiando, para que continúen en la escuela y tengan una mejor preparación, que posibilite su inserción en el mercado laboral.

Esta estrategia estatal contempla, además, 257 becas para Comondú 817 para La Paz, 757 para Los cabos y 105 para el municipio de Loreto, con una inversión total de 546 mil 750 pesos. En evento celebrado en la comunidad de Vizcaíno, el gobernador Mendoza Davis entregó las obras del Centro de Atención Múltiple número 15, una instalación de nueva creación que contará con área de administración, 2 aulas didácticas y área de terapia física, red hidrosanitaria y alumbrado exterior, en donde se ejercerán recursos por el orden de los 11.3 millones de pesos.

El Centro de Atención Múltiple opera en Mulegé desde hace 5 años y atiende actualmente a 45 alumnos, y con base en la proyección de crecimiento, tendrá una capacidad de matrícula de 60 alumnos.

Sólo era una foto 

Toda la noche espero a su esposo Julián. De pie y recargada en la desvencijada puerta de la choza, oteaba la oscuridad. Nada.

Es Micaela Chávez. Dos años casada con Julián. Un martirio vivo, punzante. Sufrible. Un hombre alcohólico. Y en su cabeza el coro aconsejador de su madre. “No te cases. Es un borrachales. Te matará de hambre.”

Y esa profecía se escuchaba ya en el ruido de sus tripas. Gruñían de hambre. Nada. Nada. El sol, empezó a picarle los ojos. Nada, Julián no llegaba.

Es 1980 en Ciudad Esperanza. Un pueblo pobre, con gente jodida. Calles de muerte, de fétidos olores y piedras filosas. Un cerro, el de la misericordia. Calles sin finales.  Sin salidas. Y en los hogares hacinamientos, promiscuidad.

Y Micaela parada. Sus caderas rozaban la puerta. Sus guaraches “patas de gallo” enterradas en un polvo suelto, de caliche. Sus piernas acalambradas, dolían, aguijoneaban.

Y por fin. Ya con el sol alto, apareció Julián. Camisa desabrochada. La cámara Polaroid instantánea enredada en el pescuezo. Pantalones, sin fajar. Orinado. En su mano izquierda apretaba un pajarito de tela, lo mostraba a los niños cuando tomaba la foto.

Julián- mira a qué horas llegas. Me preocupe. Pensé que te había pasado algo. Tengo hambre Julián. No como desde ayer.

¡Cállate, vieja jija de la chin. Qué comer ni que comer. Aguántese como las machas! No traigo dinero. Todo me lo gasté. Mañana comes. Ahora déjame entrar. Traigo sueño. ! ¡Quítate mucho a la chin.!

– Julián. No puedo ya. Tengo hambre. La pobre de Micaela imploraba. Julián, ya no la escuchaba. Un sueño fantasmal lo había poseído y se lo llevó muy lejos de esa realidad cotidiana.

Micaela le quitó los viejos tenis. Y lo que en un tiempo fueron calcetines. Y se le quedó mirando. Era el cuerpo inerte del hombre que hacía dos años la había enamorado.

En setecientos días Julián había engordado cuarenta kilos. Ganado una adicción. Y a punto de matarla de hambre.

Después revisó la cámara. Quedaban tres placas. Lavó con jabón y estropajos el pajarito de tela. Se bañó. Escogió lo más vestible posible. Pintó chapetes en sus traqueteados cachetes. Coloreó sus labios. Y se tomó dos fotos. Una la guardó en el estuche de la cámara y la otra la aventó al camastro donde entre sopores y ronquidos grotescos, Julián dormía.

Sale de la casucha. Deja atrás una estela de miedos, de tristezas, de arrepentimientos. Pero sobre todo de hambre.

Después de una tortuosa caminata llegó al centro de la ciudad. Frente al almacén fotográfico donde venden placas Polaroid, se detiene. Y toma la última foto.

Entra y busca al dueño. Y le dice: mire su tienda, qué bonita se ve de afuera. La foto es suya. Se la regaló. ¿Cómo? Si. Es suya, tómela.

Ese detalle agrada al hombre. Y reacciona. Acépteme de obsequio unas placas para su camarita, ándele.

Ya equipada, empieza a trabajar. Diez pesos la foto. La frase “solo una foto, por favor”.

Seis de la tarde, empuñando ciento veinte pesos ganados ese día, Micaela, retorna al hogar. Antes, en el Pollito desplumado compra dos órdenes. Y dos cocas.

Va con su bastimento de fe al hogar. Un jacal sombrío. Puerta entreabierta. Al cruzar el umbral, siente un dolor agudo en el vientre. Es un verduguillo que le clava Julián. “Puta y ladrona”.

Ruedan los pedazos de pollo seguidos de dos refrescos. Y sobrevolándolos una foto instantánea de Micaela.

Ella agonizaba:  Expresó con dificultad. Te perdono, Julián, “solo tenía hambre”. Luis Spota decía y con razón: más cornadas da el hambre.

Vidas Paralelas 

Sin duda que un curso sobre técnicas parlamentarias no caería mal a los integrantes de la legislatura actual. Esto y un curso sobre la realidad y una pizca de historia regional son necesarios en este arranque. Esto lo decimos sin ánimo de ofender…Y amigos por hoy es todo nos leeremos mañana. Y no olviden: hagan el bien y sean felices.

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