Alberto

Dicen y con razón, que las cosas son más grandes, cuando uno es niño

Dicen y con razón, que las cosas son más grandes, cuando uno es niño. Yo lo creo porque lo sentí. Déjenme hablarles hoy de uno de los hombres más grandes que ha tenido el estado, me refiero a Don Alberto Alvarado Arámburo, mi amigo, hasta la muerte. Un hombre alto, pero con un corazón de niño. Le vi cuando yo tenía doce años, en el Distrito Federal, en mi primer viaje, fuera del nido. Me pareció un gigante. Demasiado alto. Debajo de un Kiosco, en Coyoacán, me vio y me pregunta ¿Y tú, quién eres? Jesús, señor vengo de Insurgentes. Sonrió y me dio un abrazo. Le llegué a la cintura, pero me abrazó tan fuerte que me agradó, Mucho gusto Jesús. Y vamos a ser amigos. Un pacto al tiempo y las circunstancias, donde hubo alegrías y pleitos, convivencias y enseñanzas. Le quiero mucho a pesar de su ausencia. Y ese sentimiento nace de mi admiración a un hombre que pensó más allá de todo. Fue político profesional de categoría. Su estilo, sencillo, humano, trascendió a los planos nacionales, donde se mencionaba su nombre con respeto. Don Alberto, le decían y se quitaban el sombrero. Y ¿cómo no? Si inspiraba respeto. Después de ese encuentro, se vino su campaña para Senador de la República. Y en Insurgentes, le dije un discurso que lo escribí, en las paredes del corazón. Y lo dije con el alma. Me acuerdo una partecita, solo una, el tiempo me gana. “Es usted, don Alberto, un hombre de compromisos. De ideas y de valores. Usted, nos cumplirá como Senador”. Cuando terminé mi perorata, se levantó del presídium. Y otra vez, me premió mi halago, con un abrazo. Después, vino la sucesión por la gubernatura. Era el candidato ideal. Y desde mi empleo como reportero de la Extra, propiedad de don Raúl Zavala y de su esposa Sonia, Félix Mendoza Santos como fotógrafo, hicimos una encuesta diaria ¿Quién le gusta para gobernador? Obvio se la llevaba de calle. Y era limpia, sin arreglos en lo oscurito. Era la foto del ciudadano, su nombre y oficio. Y todavía había quien nos tachaban de vendidos o de cargar los dados, para don Alberto. No era así, la popularidad de ese hombre estaba por las nubes. Fue el candidato.

Agua, vital

Cubrí toda su campaña. Supe de sus propuestas. Todas viables, todas realizables. En lugar preponderante, el tema del agua. Alvarado fue un gobernador de futuro. Me da pena comentarles esto, pero lo voy hacer. El día que nombró a su gabinete, me ilusioné con un huesito. En mis fantasías, me sentía con algo de derecho. Y en la víspera fui al Trébol con mi amigo Chuy Gastélum. Un traje gris. Una camisa azul. Ensayé, levantando la mano, para protestar el cargo. Y nada, se leyó todo el amplio listado. Y nada. Y con la desilusión encima, me lo topé a la salída del Hotel Los Arcos. Quiubo, Jesús, ¡qué elegante! ¡Si don Alberto!, me vestí así porque pensaba que me iba tocar algo. Se sorprende y casi grita “¿Algo de qué?” De un cargo. Y suelta la risa. No, no, estás muy joven y además no tienes estudios. No tienes el perfil. Y además, eres mi amigo. Me consoló con otro abrazo. Al tiempo un rector prescindió de mis servicios. Y al enterarse, don Alberto no solo le reclamó airado, sino que me nombró su asistente por una semana. Nunca hice nada.  Hasta que llegó en audiencia el maestro Félix Mario Higuera, se quejaba con el gobernador que le faltaba un vocero. Y con eso, levantó su mano. Y su índice se posó en mi humilde humanidad. Ahí lo tienes. Y se hizo su voluntad. Después de eso,  dejamos que pasara el tiempo. Como gobernador no tuve una cercanía evidente. De vez en cuando le veía. Y al término de su mandato, reanudamos nuestros encuentros. Una vez desayunando en el Perla hablamos de muchas cosas. De su juventud, como asistente del General Olachea. Me confió “Era un hombre sensible. Educaba con el ejemplo. Yo escribía lo que pasaba en su entorno. Hacia tarjetas y las guardaba en una caja de zapatos. Un día, haré un libro”  Ese mismo día, hablamos de la muerte. Me pidió “Cuando me muera Jesús, pícame el corazón, con una aguja grande. Tengo miedo que me entierren vivo.” Digo que don Alberto, tenía su corazón de niño, por su bondad. Su amor, para todos. Para su María Teresa del alma, una señora en toda la expresión. Para sus hijos, para sus nietos. Un corazón, grande y limpio. Como periodista le entrevisté muchas veces. Una vez me dijo, si volviera a nacer, seré político. No hablo de la obra que hizo, porque está a la vista. Diré si, que este hombre nos dio a los sudcalifornianos un gobierno justo. Heredó una generación de buenos políticos. Se reunió de colaboradores capaces. En sus acciones nunca cayó en la voluptuosidad, el revanchismo. O en la rapiña. Se cubría el rostro con la permanente oleada de la prudencia y el desprendimiento. Fino, para ser, para caminar, para vestir. Y para la amistad. Un día un 14 de febrero Rubén Muñoz, me dio la noticia. Murió don Alberto, paisano. Un golpe en seco, agudo. No supe de mí, un buen rato. El destino se había llevado a mi amigo. Me taladraba su frase final, que me la dijo la última vez que lo vi, cuando comimos tamales y bebimos a placer, en su casa materna, al lado de sus hijas. Volveré, para radicar acá, para siempre” Un corazón de niño, que ni las balas asesinas, lo lesionaron. La grandeza de don Alberto, es un blindaje hacia el infinito. Salud, gobernador Alberto.

Vidas Paralelas

El próximo año y en el mes de febrero de cumplirá el primer siglo de construido ese edificio añoso con profunda historia que es el Sobarzo y que ahora alberga a la biblioteca Justo Sierra. El festejo de este centenario debe estar basado en una vasta actividad cultural. El momento lo amerita… Gracias a todos mis lectores por su solidaridad por el atraco violento en mi oficina donde los ladrones se llevaron todo. Todo menos la fe de que seguiré buscando a los responsables y a mis cosas…Y con esto nos despedimos deseando lo mejor. Y no olviden: hagan el bien y sean felices.


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