Terrenos en Cabo San Lucas

De periodistas, de cortesanos y de etología

Hijo, en la vida cuídate de los reptiles

“¿Pero cómo Heródoto,  un griego, podía saber lo que decían gentes de países remotos, persas y fenicios, los habitantes de Egipto y de Libia? Pues viajando, preguntando, observando y sacando conclusiones de lo que le contaban y de lo que él mismo había visto; así atesoró sus conocimientos. De manera que siempre empezaba por un viaje. ¿Y no hacen lo mismo todos los reporteros? ¿Acaso ponernos en camino no es lo primero que nos viene a la mente? El camino es la fuente, el tesoro, la riqueza. Sólo estando de viaje el reportero se siente él mismo, a sus anchas, se siente en casa.

A medida que avanzaba en su lectura, encontraba en Heródoto un alma hermana. ¿Qué lo empujaba a trasladarse de un lado para otro? ¿Qué le mandaba actuar, afrontar las dificultades del viaje, emprender una tras otra sus expediciones? Creo que la curiosidad por el mundo. El deseo de estar allí, ver todo aquello a cualquier precio y vivirlo en carne propia”.

Kapuscinski, periodista, en “Viajando con Heródoto”

“Hace mil años, dijo el Sultán de Persia:

-Qué rica.

Él nunca había probado la berenjena, y la estaba comiendo en rodajas aderezadas con jengibre y hierbas del Nilo.

Entonces el poeta de la corte exaltó a la berenjena, que da placer a la boca y en el lecho hace milagros, porque para las proezas del amor es más poderosa que el polvo de diente de tigre o el cuerno rallado de rinoceronte.

-Qué porquería.

Y entonces el poeta de la corte maldijo a la engañosa berenjena, que castiga la digestión, llena la cabeza de malos pensamientos y empuja a los hombres virtuosos al abismo del delirio y la locura.

-Recién llevaste a la berenjena al Paraíso, y ahora la estás echando al infierno- comentó un insidioso.

Y el poeta, que era profeta de los medios masivos de comunicación, puso las cosas en su lugar:

-Yo soy cortesano del sultán. No soy cortesano de la berenjena.”

Eduardo Galeano, periodista, en “Instrucciones para triunfar en el oficio”

“Hijo, en la vida cuídate de los reptiles. No hay animal más despreciable que aquel que es capaz de devorar a sus propios hijos, de comerse a sus propios padres, de traicionar por comida. Incluyo aquí también algunos animales rabiosos, como aquellos que muerden la mano del que les da de comer cuando están hambrientos.”

Argelio Martín, periodista, a su hijo Juan Luis a los nueve años

Deduzco que a la persona que entró a mi oficina hace largos veinte y cuatro años con hambre, apocado, de humilde chuntarito en una redacción de norteños y al cual le di una oportunidad, no calificaría ni en la primera ni en la segunda categoría.  Capaz de traicionar a la persona que le donó un órgano para que pudiera seguir viviendo, no debe tener grandes convicciones. Más tarde tuve que echarlo porque vendía sus servicios usando el nombre del medio para ello, intoxicando con notas venenosas o de lambiscón. Ahora tiene un medio electrónico que solo él debe leer, dados los números de Google. Y como sé de lo que es capaz y me acuerdo de Argelio Martín y su dicho sobre las alimañas, aún cuando suele extenderme la mano cuando me encuentra, nunca le extiendo la mía. Por precaución.


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