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Tras la puerta

por Daniel Davis Drew

Se detuvo frente a la puerta buscando las llaves por un momento tuvo la extraña sensación de que su casa se había convertido nuevamente en hogar. La risa de un pequeño se escapaba por las hendiduras de la puerta y viajaba hasta su oído acurrucándolo, mientras que un olor a verduras le invita irremediablemente a pasar, pensó que su vida había sido una terrible pesadilla y que al fin despertaba.

Una sonrisa de hombre pleno y feliz se dibujó en su rostro, sin la pesadumbre y cansancio de antaño dio vuelta a la chapa de la puerta tan lentamente que podía escuchar y sentir como el mecanismo echaba a andar el cilindro, el cual salía de su lugar habitual para darle la oportunidad de encontrarse con una vida feliz y dejar de lado la zozobra y el arrepentimiento.

Un paso dentro y todo se desvaneció, el sonido de la sonrisa infantil y el olor a comida de hogar después de toda una jornada de trabajo. Todo su cuerpo se estremeció y cambio repentinamente de pies a cabeza, parecía que hubiera estado bebiendo todo el día, sus ojos perdidos y vidriosos, su ajuar como parte de su cuerpo igualmente se transformo, la camisa desabotonada y fuera de lugar, los zapatos llenos de barro y el pantalón pringado quien sabe de que inmundicias y el cabello totalmente revuelto.

Le asqueaba su trabajo, era mesero en un restaurante para turistas, no era el oficio lo que le molestaba, ni la paga o las propinas, sino mantener una sonrisa cuando el remordimiento lo carcomía por dentro.

Buscaba una botella que le diera la oportunidad de mitigar la pena, una botella de vino, preferentemente Merlot, encendía un cigarro y se sentaba frente al televisor apagado, tomaba un libro ya empezado y comenzaba a monologar su triste historia sin leer una sola palabra de aquel libro que tenía años en la misma página.

Recuerdo haber llegado a casa tantas veces como esta noche, si era verano tomaba una cerveza y si era invierno tomaba vino. Continuaba mi borrachera frente a esta estúpida caja y si el alcohol y las drogas no habían nublado tanto mi vista y mi cabeza, encerrarme leyendo.

Me asqueaban sus voces, aunque ahora las sueño con ternura, aunque ahora las escuche por todos los rincones, principalmente a él, a ese loco bajito e irremediablemente se mezclan mis recuerdos de ellos con canciones de Serrat, hasta que un suave susurro del cual podía percibir el aliento en el oído izquierdo me estremece  y me dice; papá ven a jugar que te extraño.

Abrió él los ojos rápidamente y sus ojos buscaron precipitadamente un lugar en el cual posarse, cayeron en una esquina con algunos cojines llenos de polvo, unos juguetes que tenían años sin vida, años sin ser acariciados por la inocente mano de un niño.

Tenía una lindísima voz, similar a la brisa del mar de Cortez en el verano, tímida, calida y acogedora. Me hablaba y me invitaba a jugar, quería tomarlo en los brazos, abrazarlo y poder llenar el hueco que tenía dentro del corazón. Quería jugar con él todo el día, pero la pereza, el trabajo, el alcohol y las drogas me tiraban, me robaban el tiempo y el sentimiento.

Me miraba con unos ojos tristes y desolados, así fue la última noche que lo mire, sus ojos no lloraban, pero el cielo se caía a pedazos llorando por mi, por él y por ella.

Llegué como pocas veces a casa con la mente despejada y una sonrisa, se podría decir que dispuesto a cambiar, un sentimiento nuevo se agolpaba en mi pecho, era la oportunidad de redimirme. Pero me encuentro con la maldita noticia que mi hijo necesitaba ese estúpido medicamento, el cual se había prolongado por más de un año, la cabeza giro y me sentí embriagado por un deseo que me obligo a sucumbir, que al momento no pude identificar, sino hubiera gritado escandalosamente –encerradme en  casa, no salgo por nada del mundo.

Salí mientras mi esposa me decía –no tardes- con una voz que presagiaba el destino.

El cielo se nublaba poco a poco, creando una escena perfecta para la catástrofe.

Compre una botella y un pase, después de la farmacia,  me entretuve en alguna esquina, la mente se borro y pasé una larga noche en vela de bar en bar, de callejón en callejón, mientras un murmullo en mi cabeza me decía con desesperación ¡Vuelve a casa imbécil! abrí la guantera para sacar algo no recuerdo que podría ser y carece de importancia, pero en el momento cae un paquete envuelto en papel de estraza, lo abro desesperado, ciertamente, las medicinas del pequeño.

Para esta hora llovía a cantaros, me acerco a casa con recelo, una multitud, ambulancias y patrullas congestionadas todas frente a mi casa –habré muerto y no me he dado cuenta- sonreí.

Cuando veo que algo pequeño, algo diminuto es subido a una camilla, me acerco con la boca abierta, temblando, es mi hijo, lo toco, lo beso y ya se la respuesta ¡Lo he matado! Lo arrebato y corro con el en brazos como un loco, sin saber a donde ir, -pequeño aquí estoy no he tardado nada, dame un beso, mírame con tus enormes ojos y dime ¡Papá, juega vamos a jugar! – Hoy si juego contigo mi niño lo prometo, sigo jurando cosas que ya no puedo cumplir, que se confunden con un solo llanto interminable, las lagrimas se enredan con la lluvia, el cuerpo inerte y la frialdad que siento en mis labios cuando beso sus mejillas repetida y desesperadamente, antes cálidas, me ahoga y me  desgarra, sabiendo que perecen ya sin vida.

¡Filicida, filicida! Retumba en mi mente acompañado de un zumbido en mis oídos, la palabra se repite constantemente y de manera interminable que posteriormente no sé porque se ha confundido y mezclado con felicidad, felicidad y esto es lo que me hace agonizar en vida, este maldito parecido lacerante entre dos palabras tan opuestas.

No sé si han pasado segundos, minutos u horas, no lo sé, pero algo me despierta, me saca del letargo y el delirio para traerme  de vuelta al mundo consciente.

Mi hijo es arrancado de mis brazos, quedo sentado en la banqueta vigilando las estrellas toda la noche, un cielo que parece no haber presenciado una tormenta y una catástrofe.

A ella, nunca la he vuelto a ver, nunca volvió. Esa noche rehuí su mirada, la vergüenza y el dolor que sentía, la culpa, el arrepentimiento, la condena propia no me permitía verla.

Sí ella me grito, me golpeó, me reprocho, ¡No! eso también me duele, simplemente se fue sin decir palabra, ya que no hay palabras, ni reproches, ni castigo, ni nada que decir para lo que este muerto en vida ha hecho.

Sí pudiera sufrir eternamente, si pudiera agonizar por siempre, lo haría sin demora, si pudiera revivir aquél momento de agonía, de desesperación y angustia de manera continua lo haría irremediablemente, no sé si por castigo, masoquismo o por tenerlo nuevamente entre mis brazos.

Hoy, en esta noche, en este momento siento sus pequeñas manos invernarles cogerse de mi cuello, sus pequeños deditos entrelazados jugando con mi cabello, amo a este pequeño fantasma, que me acompaña por las noches, sin reproches y silencios, una noche eterna entre risas y juegos.

Vacaciones de diciembre

por Daniel Davis Drew

La noche y el frío se colaban entre las sábanas, se metían como una bacteria entre la piel y los huesos, eso hizo que el pequeño tuviera que levantarse al baño sumamente apurado tropezando con las cosas y haciendo un ruido que pudiera despertar una estatua. Pero los padres se habían dormido agonizantes después de una gran noche de besos, abrazos, caricias y muchas cosas más.

Abrió la puerta, precipitado se bajo la ropa interior y empezó a orinar bañando todo el asiento, salpicando el suelo, pero eso al momento no le importo, lo único que le interesaba y llenaba su mente y cuerpo era el placer de sentirse descansado de dicha agonía, aunque sabía que su madre lo reprendería al día siguiente, sin embargo algo podría salvarlo, que su madre se ensañará con su padre porque no había levantado la tapa nuevamente y ella tendría que mojarse las nalgas, mil y un veces para que ellos aprendieran.

Cuando regresaba a seguir durmiendo y entregarse a la telaraña perfectamente tejida que son nuestros sueños, delatores de agonía, deseos y encarnación de la libertad; vislumbró un rayo de luz que bajaba la escalera, tan tenue y fatigado de haber descendido aquellos escalones empinados como risco, esa luz extraña y mortecina que los ojos de un nuevo niño nunca han visto le llamo tanto la atención, ya que parecía bailar ante sus ojos.

Caminó despacio, ahora sí con el sigilo de un gato en la noche, tratando de no ahuyentar y no despertar a sus padres que seguramente lo mandarían a la cama haciendo caso omiso de sus razones para andar despierto y a hurtadillas esa noche; al fin su mirada pudo subir las escaleras, aunque sus pies todavía se quedaron abajo acompañados de todo su cuerpo y un escalofrío tremendo que le volvían las ganas de orinar, aunque su pequeña vejiga se encontraba vacía por completo. Finalmente dio un paso y los demás vinieron siguiendo el ejemplo, la luz bailaba rapidísimo con el viento que se colaba entre hendiduras de puertas y ventanas.

Al inicio no vio nada extraño, sus ojos recorrieron el pequeño cuarto, lleno de polvo, donde había cuatro ventanas de madera, una puerta que daba a la terraza y una cama llena de polvo, la cual no había sentido la alegría de un niño que brincaba en su colchón, la cama sonrió al ver al pequeño y  lo  invitaba con su típico gesto, pero de repente algo extraño sucedió; en el escritorio estaba un pequeño sentado, usando un microscopio; al inicio parecía un niño cualesquiera, pero al acercarse el niño se percato que era un remedo de este.

Un muñeco lo invitaba a señas, que se acercará le decía, que observará, mientras ponía bajo la lente una araña, la cual cobraba dimensiones monstruosas bajo aquél aparato, que en un principio asusto al niño que nunca había usado algo similar, después un cabello, un alfiler y todas las cosas que cabían en ese pequeño espacio fueron colocadas, observadas y analizadas con curiosidad científica, pero con creatividad.

Pasaron la noche, nunca se hablaron, no lo necesitaron y él no podía, ya que como todo muñeco común y corriente su boca no se abría, simplemente figuraba esta una eterna sonrisa forzada. Lo único inquietante y perturbador para el niño, eran esos ojos sin parpados que permanecían abiertos, debería ser agotador siempre estar despierto, siempre ver el mundo y cuando el miedo te corroe no poder cerrar los ojos e imaginar lindas cosas, carecer de sueños debería de ser terrible –pensó el pequeño.

Los gallos cantaron y el sol comenzó a estirar sus brazos y desperezarse  del lado del mar, tendría que irse y aparentar haber dormido toda la noche, no podía contarlo, sus padres creerían que había sido un sueño, que la soledad de su hijo por ser único y sin compañía hacía ya estragos, decidió no decir palabra de lo acontecido por la noche.

Despertó tardísimo sus padres no dijeron nada, ya que eran vacaciones, desayuno y escucho a sus padres discutir por algo, quizá por el incidente del baño, pero decidió que sería mejor no intervenir y guardar también ese secreto. Esperaba con ansías la noche para poder ir a jugar con su nuevo compañero y amigo, ya que no hay plazo que no se cumpla la noche llego y se metió entre la cama y quedose dormido abrazado por la esperanza de ver a su pequeño amigo nuevamente, sin embargo tomo previsiones para poder despertar, varios vasos de agua antes de dormir, los cuales irremediablemente surtieron efecto; corrió al baño y vislumbró la luz, pero no podía detenerse a observar, primero lo primero vaciar su cuerpo de 7 años de la desesperación.

Nuevamente se movía como un felino en las penumbras, subió los escalones con prisa y emoción, allí estaba el pequeño esperándole sentado en el mismo sitio como si estuviera clavado en ese lugar, nunca le había visto levantarse o moverse de esa silla. El niño sonrió al verlo y el  muñeco le contesto con su sonrisa de siempre, los ojos del pequeño brillaron de alegría y los del muñeco de emoción, el niño había cumplido la promesa de volver.

El chico había tenido la precaución de envolver algunas cosas en un papel de estraza, colocando en él, el pétalo de una flor, unas semillas, el esqueleto de una chicharra que había encontrado mientras escalaba un árbol, una pelusa que halló bajo su cama y otras cosas que encantan y fascinan a los niños.

Todas las cosas fueron colocadas a su debido tiempo bajo el microscopio, todas se volvieron impresionantes y fueron analizadas con ojo científico por el niño y su acompañante, que crearon nuevas teorías sobre el origen y evolución de dichos elementos. El primer aviso del amanecer se presento y canto el ave que atormenta a los que viven en vigilia, el niño hizo ademán de despedirse, pero la criatura lo detuvo tomo su mano y saco un pequeño alfiler, pinchó su dedo y el chico con una mirada de desasosiego y asombro corrió; se metió en las sábanas pensando que aquello era una grosería, si quería observar sangre bajo el microscopio sólo bastaba con pedírselo, el no se negaría, ya que los buenos amigos hacen grandes y tontas cosas por sus acompañantes.

A la noche siguiente volvió decidido a perdonarlo aunque su compañero no lo pidiera, hizo todo lo que tenía que hacer antes de subir las escaleras, cuando llegó, la vela estaba prendida derramando lagrimas que bajaban por la cera hasta posarse en el escritorio frías y tiesas, la vela sonrío cuando se percato de que su luz no sería vana que sería utilizada y apreciada, no importa para que motivo. No había nadie, todo estaba solo, se sintió como el náufrago en el inmenso mar, se sintió como cuando cierra los para ver que hay detrás de los parpados, el niño y la vela lloraban juntos, emprendió la retirada; bajo el primer escalón esperando algo, nada, bajo el segundo y tercero cuando el roce de las cortinas provocadas por el viento lo hizo volver, pero era una noche totalmente en calma, sin la típica brisa de invierno, la boca se volvió pastosa y sintió que un muro se había metido en la garganta. Los pasos se escuchaban precipitados, los escuchaba como si galopará un caballo a sus espaldas, quería correr, huir, pero los pies quedaron clavados al concreto, sólo cedieron cuando aquellas pequeñas manos flácidas y frías lo empujaban escalera abajo.

Con los ojos somnolientos alcanzo a ver una sombra que corría precipitada en dirección al cuarto de la abuela. Los ojos se cerraron, pero no los alcanzó la oscuridad, sino una luz intensa e inmensa, no como la de sol que te obliga a bajar la cabeza, era una luz cálida y eternamente tranquila. Sonrió mientras su amigo regresaba con hilo, agujas y tijeras.

Exhausto y un poco sucio se despertó en su cama, cansado y sonriendo, feliz. Mientras la abuela buscaba desesperada las tijeras para remendar un viejo camisón –abuela yo te las busco- y le dio un cálido beso en la mejilla, que hizo que la abuela sonriera y sus ojos grises se tiñeran otra vez azul profundo.

Modernidad animal

por Daniel Davis Drew

Todo esta historia es un supuesto, lo que yo ví al final es real, eterno y efímero, pero también constante.

Deambulaba dentro de un perímetro rectangular, lo único que alcanzaba a ver desde su pequeña fortaleza era el campo, un basto desierto, una pequeña casa y un abrevadero. El cielo limpio, colgaba de él una mota blanca arrancada de una nube por el viento, el cual surcaba sus oídos, su pelaje y le ayudaba a ahuyentar un poco las moscas, no pensaba en nada, sólo en correr, trotar y ser libre.

Su vida era una total rutina sin fin, tomaba agua, comía y algunos días se le ponía una silla donde un hombre extraño que ya empezaba a serle familiar le ponía una especie de artefacto que le era un poco incomodo y lo llevaba a caminar por el monte, no podía detenerse a mirar las aves, a pastar, cuando había, o simplemente quedarse a la sombra de un mezquite, no podía correr cuando lo deseaba, cuando el viento llenaba sus pulmones y tenía ganas de que se le metiera por todo el cuerpo, empezaba el trote, pero un fierro en su hocico lo obligaba a detenerse, cuando no quería correr, un fuetazo en la parte trasera lo obligaba a emprender una carrera cansada y agobiante, mientras el hombre extraño le sumía en el dolor y en la angustia correteando algo que él desconocía, pero después le daba palmaditas, le sobaba el pescuezo y le hacía cariñitos con una voz melosa y tonta –que comportamiento tan extraño pensaba.

Ojala pudiera ser como los hombres pensó un día, los hombres van y vienen a su antojo, no hay necesidad de que nadie les ponga una silla y los lleve a pasear, van donde quieren; cuando menos eso pensaba aquél bello animal.

A veces veía algunos artefactos extraños de los cuales descendían y subían hombres, iban y venían, le parecía tan extraño; quizá los hombres necesitan más patas para poder andar, siempre andan sobre algo, tal vez se cansen mucho con sólo dos. Los aparatos aquellos le parecían extraños, hacían un ruido escalofriante, sus patas eran redondas, eran callados cuando estaban quietecitos, pero cuando emprendían la carrera parecía que llevarán el diablo dentro.

Qué cosas tan raras, quizá no sería bueno ser hombre, pero de todas formas quisiera ir a donde me de la gana, tal vez, ser ave es mejor, las miraba cruzar el cielo, pararse en las ramas de los árboles y cuando estaba muy tranquilo se le paraban en el lomo, se sacudía y salían volando, sus cantos eran hermosos y podían conmover hasta los árboles que hacían bailar sus brazos.

Una vez observo con sus grandes, tranquilos y eternos ojos como la señora se bajaba de aquel animal con ruedas y llevaba un ave en una jaula, entonces ya no quiso ser ave y se preguntó ¿por qué los hombres encierran todo? Tal vez ya no quiero ser hombre, pero si me gustaría ser libre.

No lo sabía, pero el ave en prisión cerró el pico, sólo lo abría para comer, pero ya no para cantar, su rojo color pitahaya se extravió y nunca lo volvió a encontrar y la señora de la casa dijo – este pájaro no sirve.

Un día de esos en los que los rancheros se sientan en sus poltronas a esperar la lluvia, pero ya con la certeza de que llega, el olor a tierra mojada les inunda el cuerpo como si se hubieran llenado de agua con anterioridad. Uno de esos días la puerta quedo abierta.

Aquella belleza no se había dado cuenta, seguramente hubiera sonreído si tuviera sonrisa, pero no, solamente se alegro inmensamente de que su oportunidad estuviera a unos cuantos pasos, primero tímidos volteando a los lados y después presurosos, era un buen día para ser libre, el cielo nublado y una fresca brisa. Camino, troto y corrió, cuando se canso se quedo a la sombra de un mezquite escuchando un cadernal, después simplemente hecho a andar, al fin era libre, al fin podía ir y venir a placer.

Después de un largo rato de paseo, empezó a escuchar ese ruido del demonio lo distraía y perturbaba, perdió el rumbo, ya que lo pusieron nervioso cuando encontró una franja color negro por la que los animales con ruedas cruzaban como el viento, apenas perceptibles. Allí iban los humanos montados como un minotauro moderno.

De pronto los ojos se le cerraron emprendió la carrera y despertó cuando unos hombres a su lado sonreían y se miraban, hasta el cansancio y allí lo dejaron a pesar de que él si pudiera hablar y llorar les hubiera pedido con lagrimas en los ojos que le quitarán el dolor que sentían en sus manos.

Cuando yo cruce estaban tres muchachos uno tomaba fotos, mientras los demás sonreían con una bestia más pequeña que ellos, reducida al enanismo, con las manos quebradas, parecía un animal arrodillado ante la estupidez humana.

En ese momento quise dejar de ser humano y volverme animal, me avergoncé de mi especie, Ojala los animales nunca sueñen con ser humanos.

Un café

por Daniel Davis Drew

Todos los días llegaba a sentarse con garbo y prepotencia a una elegante mesa de un elegante restaurante, podía ir al puesto de la esquina y no gastarse completamente lo que había ganado con el cobre y el aluminio.

A las seis de la tarde llegaba sin falta la vieja, aunque si había gente seguía de largo, le encantaba el lugar cuando estaba sólo. Lucía aún, unas bellas joyas y un vestido que en sus tiempos mozos fuera bellísimo, pero ahora se miraba rasgado por el tiempo, por el uso, manchado por el triste y odioso trabajo, de pepenar entre las inmundas ratas.

-¿Qué puedo ofrecerle Madame? – le dijo una hermosa y joven mesera nunca vista por la vieja. Le ha preguntado en un tono burlón, sin disimular la mueca de asco y hastío por la pequeña vieja que ha llegado a importunarle la tarde.

– Un café bella señorita, si usted es tan amable – dice la vieja con extrema educación mirándola fijamente con unos ojos que en buenos tiempos serían de un azul intenso y que hoy permanecen grises y tristes.

– ¿Es todo elegante señora?

– Si  es todo – contesta la vieja.

Aquella guapa mesera se da la vuelta llamando la atención de un varón recién llegado y ganándose la envidia de una mujer que lo acompañaba.

Pasan 5, 10, 15 minutos y la vieja no desespera, permanece inmóvil sin que el ruido de la concurrida calle, ni el murmullo de los comensales llame su atención.

La señorita regresa con el servicio en una taza hermosa, pero despostillada y manchada, la cual no ha pasado a las manos del garrotero, simplemente de una mesa a otra. La vieja la acepta sin dar palabras, pero tiembla al pensar de que sus marchitados labios toquen tal inmundicia, por ello se alejaba de la depravada y excesiva suciedad de vez en cuando, quería recordar los buenos tiempos.

Pasan 5 minutos y la vieja pide la cuenta, sin siquiera haber tocado aquella taza, paga sin esperar el cambio y añadiendo una valiosa propina, una linda gargantilla de oro que ha quitado de su cuello marcado por el tiempo.

-Debe lucir en una linda señorita como usted, que en una vieja decrepita como yo – dice la vieja con una media sonrisa y unos ojos que no parecen tan grises como antes. Se da la media vuelta y erguida y con paso firme se retira; mientras la mesera queda azorada por tan bello y generoso obsequio.

Han llegado las 9:00 de la noche y la mesera se retira a casa luciendo ya la gargantilla, esta noche no hay estrellas, los astros opacados por una hermosa y resplandeciente luna llena.

No sabe porque, pero el cansancio la agota, se detiene en el parque y se sienta en la primera banca a su alcance, su mirada se nubla, sus manos a la luz de la luna se le figura llenas de arrugas, el cuerpo le duele de pies a cabeza, quiere caminar, pero las piernas no responden, las piernas seden. Su cuerpo tiembla cuando una mano habilidosa le desprende la gargantilla, mientras lo único que puede hacer es ver los hermosos ojos azules de su asaltante que le dice – permítame vieja, a usted ya no le luce tan bien – esa voz extremadamente educada ya le recordaba.

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