Autoridades comentan que el discurso de odio de los radicales se impone sobre un plan de paz, aun con el apoyo a la formación de un Estado palestino.
BE’ERI, Israel.– Hace ya casi dos meses que no caen cohetes lanzados por Hamas sobre el sur de Israel –ni ocurren los infaltables contraataques israelíes sobre Gaza–, pero el daño provocado por la última confrontación al proceso de paz parece difícil de superar.
“El problema del Medio Oriente siempre es querer probar quién es más macho”, me dice Haim Yalín, el alcalde socialista del Consejo Regional de Eshkol, la esquina suroccidental del país, colindante tanto con Egipto como con la Franja de Gaza.
Argentino de nacimiento, Yalín ha sido uno de los principales partidarios de una solución negociada entre israelíes y palestinos. “Con la guerra nada se arregla”, dice convencido.
Sin embargo, el alcalde también refleja la decepción que lleva a 6 de cada 10 israelíes a no esperar ya nada de las negociaciones de paz, aunque también estén de acuerdo en una solución mediante la formación de un Estado palestino.
“El 80% de nuestros dos pueblos quiere la paz, pero son los radicales de uno y otro lado los que se hacen escuchar”, afirma. “Y el discurso de odio de esos radicales hace que muchos pierdan la esperanza”.
Yalín me recibe en Be’eri, uno de los kibutzin del sur de Israel que se mantienen fieles al ideal colectivista de los fundadores del Estado de Israel. Comemos en una sala comunitaria donde no hay meseros. Cada quien toma su plato, se sirve y luego deposita los trastes sucios en una banda automática que conduce al lavaplatos.
“Aquí no hay privilegios para nadie, ni siquiera para el alcalde”, ríe Yalín.
Y vaya que no. El kibutz de Be’eri creó desde sus inicios, en los años 40, una exitosa imprenta que hoy genera una parte importante de los estados de cuenta personalizados de tarjetas de crédito del país. El director de la empresa gana el equivalente de 25 mil dólares mensuales, pero, igual que el resto de los miembros del kibutz, entrega su salario a la colectividad a cambio de las ventajas que da vivir aquí: comida y todas las necesidades cubiertas, incluyendo vacaciones.
Hace hasta unos cinco años, la tranquilidad era una de las principales cosas que apreciaban los miembros de este kibutz, que también produce zanahoria, trigo, papa, cítricos y jojoba. Eso se acabó. Ubicada a menos de un kilómetro de la Franja de Gaza, ésta ha sido una de las zonas más violentas del país, siempre amenazada por el lanzamiento de cohetes de Hamas, Jihad Islámica, Al- Qaeda o alguna de las 150 células terroristas que, a decir del alcalde, operan en la zona desocupada por Israel en 2005.
Sin dramatismos, Yalín muestra la zona residencial de Be’eri, donde cada casa, cada escuela y hasta cada parque han sido dotados o están siendo dotados de un cuarto a prueba de bombardeos. Ni siquiera a la parada del autobús le falta la suya.
Aquí, como en otras partes de Israel, opera una alarma antimisiles que alerta a la población de la inminencia de un bombardeo. La diferencia es que en lugares como Tel Aviv –ciudad que también ha sido alcanzada por los misiles—, la distancia permite a los habitantes más de un minuto para ponerse a salvo. En cambio, en Be’eri, el lapso es de apenas 15 segundos.
“Aquí los niños saben que si escuchan el tzeva adom (alerta roja) de la alarma, tienen quince segundos para entrar en el refugio”, explica el alcalde. “Eso incluye a los niños de preescolar y a quienes caminan con dificultad, e implica una operación muy coordinada y ensayada.”
Peor aún, los habitantes de esta zona de Israel ni siquiera pueden esperar que los proteja el escudo antimisiles de las fuerzas armadas israelíes, llamado Domo de Hierro, porque a tan corta distancia es imposible interceptar los cohetes agresores. Si son lanzados sobre Be’eri y sus alrededores, caerán.
Por eso las autoridades locales han tenido que gestionar ante el gobierno ayudas millonarias para construir paredes y techos de concreto reforzado y cubrir las ventanas de escuelas con vidrio resistente a las esquirlas de los misiles.
“Hemos tenido que pelear para que los construyan”, sostiene el alcalde. “Ya logramos que se haga en las poblaciones que están a 4.5 kilómetros de la frontera. Ahora estamos luchando para que se amplíe la ayuda a quienes viven hasta a siete kilómetros, pues también están en peligro.”
Siete años después de que su gobierno se retiró unilateralmente de Gaza, muchos israelíes tienen la sensación de que la medida ha resultado contraproducente para su país.